Ha pasado una semana desde la conmemoración del
Día Internacional de la Mujer. En la mayoría de estudios e informes, presentados
por diversas fuentes, las cifras indicarían que todo sigue igual, que las cosas
no cambian fácilmente en relación a la equidad de género. Las mujeres continúan
siendo discriminadas, maltratadas, acosadas y los casos de feminicidio no han
disminuido, a pesar del innegable avance en términos de legislación contra la
violencia hacia las mujeres.
El marco legal, -explica Josefina Miró Quesada,
autora de “Ser mujer en el Perú”, en el noticiero La Encerrona del 08 de marzo
del 2022-, ha devenido completo e integral. Las leyes protegen y garantizan
mejor la condición de las mujeres ya que los delitos han sido claramente
tipificados y los procesos cautelares permiten intervenir ante las primeras
evidencias, especialmente en casos de acoso y chantaje sexual o agresivo.

Pero frente a las mejoras legales y normativas,
el mayor desafío de la sociedad nacional alude a las características sociales y
culturales de los peruanos. No es, claro está, exclusivo del Perú, pero nos
referiremos en esta ocasión al país en el que vivimos. El machismo, la homofobia, el racismo y el
clasismo perviven en la deformación (en lugar de formación) de las personas.
Seis de cada 10, toleran la violencia de género. Uno de cada tres, consideran
el acoso como consecuencia de la provocación femenina. Uno de cada cuatro,
creen que las mujeres tienen que tener sexo cuando el hombre lo requiera.
Las entrevistadas y locutoras de diferentes
programas perciben que es totalmente legitimo conmemorar esta fecha pero que
les genera desazón y desgaste psicológico la lentitud de los avances. El
retroceso en la paridad de carteras ministeriales y curules congresales, así
como el que las mujeres ganen menos al ejecutar las mismas funciones laborales
que los hombres, daba pie al mencionado desaliento. En el caso de orientaciones
sexuales e identidad de género, advierten que la discriminación por machismo se
incrementa.
Por estas razones, es saludable mantenerse
alertas ante las variadas manifestaciones del machismo, que genera exclusión y
estigmatización hacia distintos sectores sociales aún hoy en día, en pleno
siglo XXI. Reflexionábamos con ustedes en el artículo anterior, sobre las
incoherencias en las que podemos incurrir, a pesar de nuestras decisiones más
sólidas de ser solidarios, amplios, libres y creativos, en estos temas de tanta
actualidad. Por eso necesitamos seguirnos revisando crítica y autocríticamente
como docentes y madres o padres de familia.
En este contexto, quisiéramos explorar con un
ejemplo vital, la aceptación de lo que cada quien es y de cómo esa aceptación
nos lleva a niveles de autoestima satisfactorios y saludables. Las anécdotas
que, de forma lúcida y creativa, nos relata la escritora nigeriana, Chimamanda
Ngozi Adichie, nos servirán como botón de la muestra.
En la conferencia del simposio anual TEDxEuston, centrado
en África, con el título “Todos deberíamos ser feministas”, Chimamanda contó
varios episodios de su vida. Habló de la presencia de un amigo con quien tenía
una amistad profunda y la confianza suficiente como para pedirle opinión sobre
los chicos que le gustaban.
En una oportunidad, nos relata la autora, a la
edad de 14 años:
“Estábamos
en su casa, discutiendo, los dos atiborrados del conocimiento a medio digerir
de los libros que habíamos leído. No me acuerdo de qué estábamos debatiendo en
concreto. Pero me acuerdo que, en medio de toda mi diatriba (…), me miró y me
dijo: ¿Sabes que eres una feminista?
No
era un cumplido. Me di cuenta por el tono en que lo dijo, el mismo tono con el
que alguien te podría decir: “Tú apoyas el terrorismo”.
Yo
no sabía qué quería decir exactamente aquello de “feminista”. Pero no quería
que (…) se diera cuenta de que no lo sabía. Así que lo pasé por alto y seguí
discutiendo. Lo primero que pensaba hacer, nada más llegar a casa, era buscar
la palabra en el diccionario”.
Años después, al publicar “La flor púrpura”, en
el 2003, sobre un hombre que maltrata verbal y físicamente a su pareja, un
periodista le aconsejó no presentarse como feminista ya que las feministas son
mujeres infelices porque no pueden encontrar marido. Así que decidió
presentarse como “feminista feliz”.
En otro encuentro profesional, una académica de
su país le dijo que el feminismo no formaba parte de su cultura, que era anti africano
y que seguro era feminista por leer libros occidentales. Lo cierto es que
Chimamanda se aburría con los clásicos del feminismo y le encantaban las
novelas románticas, decididamente antifeministas. Tras ese encuentro, decidió
presentarse como “feminista feliz africana”.
En otra oportunidad, una amiga íntima le dijo que
las feministas odiaban a los hombres, lo que la llevó a definirse como
“feminista feliz africana que no odia a los hombres”. Después de escuchar
algunas opiniones más, decidió presentarse como “feminista feliz africana que
no odia a los hombres y a quien le gusta llevar pintalabios y tacones altos
para sí misma y no para los hombres”.
Lo absurdo y lo satírico de los prejuicios hacia
la mujer que busca la igualdad, la justicia y la libertad de ser una misma,
aparecen con toda su extravagancia en estas anécdotas y en los escritos
reivindicativos de la autora nigeriana.
Ella lo dice así: “Por supuesto, gran parte de
todo esto era irónico, pero lo que demuestra es que la palabra “feminista” está
cargada de connotaciones, connotaciones negativas. Odias a los hombres, odias
los sujetadores, odias la cultura africana, crees que las mujeres deberían
mandar siempre, no llevas maquillaje, no te depilas, siempre estás enfadada, no
tienes sentido del humor y no usas desodorante”.
Además de irse afirmando ante cada contrariedad
que las personas le manifestaban, Chimamanda nos sitúa ante exigencias
condicionadas socialmente que validan la prevalencia de los roles masculinos en
desmedro de los femeninos. En Nigeria le llaman “monitor de la clase” al
brigadier nuestro. A pesar de que la profesora había dicho que quien obtuviese
la más alta calificación en su curso sería monitor, nombraron al que obtuvo la
segunda nota porque era varón, frente a ella que obtuvo el primer puesto.
Lo mismo que con los monitores de clase, ocurre
con los presidentes de empresas, catedráticos, líderes de opinión, choferes de
buses, taxistas y demás profesiones. En el Perú, muchos de estos estereotipos
han menguado, pero lo que perciben como ingresos uno y otra son dispares.
Asimismo, igual en nuestro país que en Nigeria, muchos creen que es suficiente
con lo que se ha “logrado”. Que en el pasado había discriminación por género
pero que ahora no. Es preciso insistir en la desazón de las periodistas y
entrevistadas por el Día Internacional de la Mujer, que destacáramos al iniciar
este artículo.
Otro ejemplo nigeriano que ocurre con espantosa
frecuencia en Lima, al menos, sino en todo nuestro país, se refiere a la
propina que se deja en los restaurantes o que se le da al que cuida el carro.
En Lagos, Chimamanda le entregó unas monedas al muchacho que les había cuidado
el auto mientras tomaba café con un amigo. Cuando recibió el dinero, el chico
dijo “Gracias señor”. El amigo le retrucó: “Pero si yo no te he dado las
monedas”. La expresión del chico fue tan elocuente que los dos, Chimamanda y su
amigo, entendieron que el muchacho creía que ese dinero venía del amigo porque
el amigo era hombre. El varón está asociado al dinero, cual único proveedor,
mientras que la mujer está inexorablemente relacionada con el hogar, la familia
y los hijos, así sea ella la proveedora y la que paga las cuentas o da las
propinas.

Hemos insinuado mediante anécdotas vividas por la
escritora y feminista nigeriana Ngozi Adichie, lo importante que es la
aceptación para poder defender con autoestima la propia identidad. Esto es
válido para cualquier orientación sexual e identidad de género. En el próximo artículo revisaremos cómo se
estructura la autoestima y qué papel juega la aceptación en esa construcción de
identidad. Hasta pronto.